Por un deseo

Si en verdad quieren cambiar su vida, si lo desean completamente, hagan lo que yo hice, pidan un deseo a una estrella fugaz.

Pero no se quejen conmigo si terminan en un trabajo donde arriesgan su vida todos los días, con un hombre increíble y delicioso que les enseña sobre ciertos placeres, y descubriendo que hay más de lo que querían saber.

-Maya.

P.D.: Por cierto, es una advertencia, no lo hagan.

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1. Deseo

Esa noche, como siempre, estaba sentada en mi casa, a decir verdad sobre el techo de esta, escuchando a mi madre ebria buscándome para regañarme por no comprar más cerveza.

Suspirando profundamente me recosté mientras cerraba los ojos y apoyaba mis manos bajo mi cabeza.

En este punto de mi vida, a mis largos 22 años, deseaba con todo mi corazón un cambio, un milagro, una aventura.

Mi vida no siempre había sido así. No hace más de 7 años en esta misma casa, vivíamos mi padre, mi madre, mi hermano pequeño y yo. Éramos como todas esas familias de comerciales, sonrientes, felices, una “familia”.  En ese tiempo mi madre era amorosa y comprensiva, graciosa, dulce y sobre todo sobria. Mi padre era doctor, pediatra, muy reconoció entre sus colegas. Mi hermano estaba por ingresar a su primer año de escuela y yo era la mejor de mi clase. Un día todo eso desapareció en solo un segundo.

Ese día salía tarde de la escuela, llamé a mi padre por celular para que me recogiera y como siempre, me dijo que no tenía problemas. Riendo me informó que iría a buscarme con mi hermano.

Esperé cerca de 30 minutos antes de comenzar a preocuparme, cada poco tiempo observaba mi reloj y miraba a ambos lados de la calle, fue segundos después que decidí llamarlo. Al segundo toque mi padre contesto diciéndome que lo lamentaba y que llegaría en seguida a por mí. Tranquila y molesta le dije que se apresurara, que estaba haciendo frio y él me  respondió  “voy a toda velocidad, llega…”. Eso fue lo último que le escuche decir antes de que la línea se cortara.

Luego de eso corrí a mi casa, sí, corrí. Llegue cerca de una hora después sin aire y adolorida solo para descubrir que no había nadie, entre y esperé. Tres horas después apareció mi madre con esa mirada que nunca más ha dejado de tener. Lo único que me dijo fue que mi padre y hermano habían muerto en un accidente automovilístico, que al parecer mi padre no se detuvo a tiempo en una luz roja por ir hablando por teléfono, un autobús chocó con su auto por el costado.

 Luego de eso todo a mi alrededor cambio, y para peor. Mi madre comenzó a observarme como si fuera la culpable de ese accidente, como si yo hubiera estado manejando el autobús, y sé que tiene razón. Si yo no lo hubiera llamado, si no hubiera dicho que se apresurara, aun estarían aquí.

—Baja de una vez—gritó mi madre—sé que estas en el techo, ven de una maldita vez aquí.

Me puse de pie y sacudí mi ropa,  di una última mirada al cielo y de nuevo deseé con todo mi corazón que las cosas fuera diferentes.

En ese momento una estrella comenzó a moverse, mi mente no fue capaz de procesar lo que pasaba, pero por suerte, antes de que desapareciera de mi vista, le pedí mi deseo a esa estrella fugaz. Deseé ser otra persona, vivir en otro lugar, ser lo que todas desean. Cerré mis ojos con fuerza y cuando comenzaron a dolerme los abrí, mire hacia el cielo y la estrella ya no estaba. Suspiré y me puse en camino, a ver que querría mi madre.

—Necesito que vayas a comprar—dijo afirmándose de una silla, apenas se podía mantener en pie, suspiré.

—¿Qué cosa?— pregunté.

Ella considero mi pregunta una ofensa porque se abalanzó contra mí y me abofeteo. Como estaba sin fuerza solo roso mi rostro, pero eso no quitó que me alejara de ella molesta y herida. La mire odiando cada célula de mi cuerpo, no a ella, no merecía eso, me odiaba a mi misma porque sabía que todo esto era mi culpa, si yo no…

—Ve rápido, y no te quedes hablando con ese chico—asentí, tomé el dinero de la mesa y salí de la casa.

No me tomó mucho llegar a la tienda del barrio, en cuanto puse un pie dentro el aire cambio, me detuve sorprendida y mire a mí alrededor. No había nadie, nada raro, lo mismo de siempre, solo León sentado delante de la pequeña televisión comiendo papas fritas. Al acercarme me miró y suspiró.

—Lo mismo de siempre—asentí—hasta cuando vas a soportar esto, deberías largarte.

—No puedo dejarla sola.

—¿No?—me dijo dándome la botella—trabajas como burra para pagar las cuentas de tu casa y tu madre se gasta lo que queda o lo que no logras esconder en esto—agitó la botella y la puso en una bolsa de papel.

Suspiré, le pagué y me fije que llevaba ropa nueva.

León era más bajo que yo, de cabello negro profundo y ojos cafés, tenía algunas cicatrices pequeñas en su cara debido a sus peleas callejeras, estaba un poco pasado de peso pero él decía que jamás haría deporte. Era un genio en eso de la computación, pero trabajaba en la tienda de su padre debido a que este estaba enfermo, él y su madre lo cuidaban. Nos habíamos conocido en la escuela, y desde ese día éramos los mejores amigos.

—Tú también podrías irte—le dije, él se encogió de hombros.

—Nunca dejaría a mi padre solo—sonreí, era la persona más amable que conocía, dejando de lado su carácter explosivo.

—Bien, es mejor que me vaya—le dije y él negó con su cabeza, tomé la bolsa y salí del lugar, antes de llegar a fuera él me grito.

—¿Cuándo vas a salir conmigo Maya?—me reí suavemente. Solo él me llamaba así, decía que me parecía a un dibujo animado.

Regresé a mi casa, mire alrededor y vi a mi madre acostada en el sofá, durmiendo. Cansada fui por una manta y la cubrí, deje la botella a su lado. Una parte de mi deseaba tirarla pero eso solo causaría una discusión cuando regresara del trabajo. Antes yo también le gritaba, ahora solo me quedaba callada dejando que se desahogara.

Un segundo después fui a mi habitación y tomé mi mochila, me iría temprano al trabajo.

Era camarera en el único club del lugar, el trabajo era un asco pero pagaban más que otros, lo suficiente como para no deberle a nadie. Mi madre no lo sabía, incluso me alcanzaba para guardar en una cuenta de ahorros.

Mi sueño era ser doctora como mi padre, no me importaba nada más que eso y estaba juntando dinero para ello, ya tenía suficiente para pagar dos años de carrera, pero aun debía trabajar más, necesitaba el suficiente dinero para, además de pagar la universidad, costear los materiales.

Salí de mi casa y caminé hasta la parada de taxis, me subí a uno pero no pude cerrar la puerta, alguien me empujo hacia un lado.

—Ponte en marcha—dijo una mujer y me moleste.

—Este es mi taxi, espera el tuyo.

—No te importara compartirlo un poco—dijo ella mientras el taxista conducía.

—¿A dónde?—pregunto él.

—A la 64 con San Francisco—le dije antes de que ella volviera a hablar, el hombre asintió. Luego de eso mire a la mujer, y cuando esta giró su rostro en mi dirección, solté aire con fuerza.

La chica era idéntica a mí, de cabello castaño claro, piel blanca, aunque la suya tenía varios cortes y moretones. Calculé que tenía mi misma altura, y como yo, tenía el cuerpo delgado. Por el vestido que traía se podía decir que ella hacía más ejercicio que yo, algunos músculos se le marcaban con cierta elegancia.

La mire de nuevo a la cara y me relaje al ver que a diferencias de los suyos mis ojos eran castaños, los de ella azules.

—¿Quién eres tú?—le pregunte, ella me tomó de mi brazo haciéndome daño—hey—le dije.

—Me gustaría saber qué clase de juego es este—murmuró molesta, su voz era más profunda, y hablaba sin acento, neutral— siempre me sorprende—apretó con más fuerza.

¿Qué? Pensé.

—Suéltame—dije, la empujé y ella se quejó, me congelé. Ni siquiera la había empujado tan fuerte.

La observé mejor y noté que había una mancha oscura que cubría todo el costado izquierdo de su vestido, olí el aire y supe que no era una mancha cualquiera, sangre. No fui la única en notarlo, el taxista se detuvo y la miró.

—Bájense de mi auto, no quiero problemas— gritó molesto.

—Cállate—le dijo la chica, sacó un arma y le apuntó, retrocedí lo más que pude hasta pegarme a la puerta del vehículo—conduce en silencio hasta la dirección que te dio ella— el tipo asintió y se puso de nuevo en marcha.

—¿Qué quieres?—dije despacio y ella me miró.

—Solo cállate—dijo y me examinó de pies a cabeza— ¿cómo te llamas?

—Maya—solté sin pensarlo, ella sonrió.

—Chica lista, yo soy Sofía—dudaba que ese fuera su nombre, ella se recostó en la silla sin dejar  de apuntar al taxista.

—Él está conduciendo, puedes guardar eso—ella me miró y arrugó la frente.

—Podría matarte—dijo— te pedí que guardaras silencio.

—No  me pediste—murmuré—me ordenaste, y que lleves un arma no te da derecho a ordenarle nada a nadie— rio un poco antes de quejarse.

—No te preocupes, no estoy de humor para matar a nadie— eso no me relajo— no voy a asesinar a alguien el día de mi muerte—la mire abriendo los ojos sorprendida—sí, voy a morir—apunto su herida.

—Deberías ir al hospital—le dije, ella se encogió de hombros.

—He visto demasiado para desear seguir viviendo—murmuró y cerró los ojos, aunque sin dejar de apuntar, me sentí triste por ella.

—Pero alguien podría ayudarte— me miró sorprendida.

—¿Tú lo harías?—preguntó, asentí—vaya, me sorprendes— me miró largo rato—tienes un teléfono celular—asentí dudando—dámelo.

—¿Qué?—miré mi mochila.

—Te lo devolveré—dijo, aunque no le creí saque el teléfono y se lo di, este era uno de los más viejos, no podía permitirme más, ella alzo una ceja.

—Ya llegamos—dijo el hombre con voz baja, lo mire.

—Te lo regresare— dijo ella al ver que observaba mi celular, me apuntó a la cabeza con el arma y mi corazón se detuvo, miró hacia la calle—sal.

Temblando baje del auto y cerré la puerta. La vi llamar a alguien mientras el auto se puso en movimiento, este doblo una esquina y lo perdí de vista.

Aun temblando entre corriendo al bar, llegue al baño, entre a un cubículo y vomite. Cuando acabe alguien golpeo la puerta.

—¿Estas bien?—me preguntaron, era Maggi, otra camarera.

—Sí—le grite— no es nada— ella dijo que me apresurara—no es nada—me susurré.

Salí del lugar y me dirigí al camerino para cambiarme. El uniforme solo consistía en una mini falda de color  azul metálico y una blusa apretada negra, por suerte podía llevar zapatillas de lona negras, no soportaría llevar zapatos de tacón.

Me amarre el cabello y antes de salir me observe largos segundos en el espejo. Estaba levemente pálida, negando un poco me aleje y camine hacia la pista de baile. La música me golpeo como siempre, rodeé el lugar y llegue a la barra, Toni, mi jefe, estaba ahí, me miró y volteo los ojos.

—Te ves como si hubieras visto al diablo—bastante cerca, pensé. Me encogí de hombro y me aleje de él.

El hombre era una molestia, lo único bueno era que no molestaba a las chicas del lugar y si alguien se ponía gracioso, lo sacaba enseguida.

Pasaba que algunas chicas  salían con tipos, eso era problema de ellas. Algunos hombres me hacían ofertas, uno me sorprendió con el dinero que me ofreció por una noche, con eso hubiera pagado un año completo de mi sueño, pero por la sorpresa me negué. Me hubiera arrepentido por el resto de  mis días.

Me puse a trabajar enseguida, atendí mesas, evite a algunos clientes, me negué a beber con otros y después de 7 horas de lo mismo, cerraron.

Me senté en una mesa y cerré los ojos, la música seso, alguien se sentó a mi lado pero solo lo ignore.

—Quiero un whisky—dijo una voz baja, profunda y varonil, me levante asustada y lo mire.

El hombre sentado a mi lado era hermoso, no había otra palabra. El color de sus ojos era de un profundo verde, su cabello rubio, y una minúscula cicatriz adornaba una de sus cejas. Él vestía de negro, con una chaqueta de cuero y pantalones de tela, zapatos del mismo color. Tenía un brazo en la mesa de forma relajada. Cuando otra vez observé su rostro el peligro en sus ojos me dejó sin aliento pero, lo más extraño no fue él, sino que todo a su alrededor desapareció, no oí ni vi nada más que él por un segundo, mas que esas ojos que me examinaban con una perturbadora intensidad.

—Está cerrado—dije luego de recuperarme, él me mostro una sonrisa blanca y sexy.

—Eso no importa—movió su mano apuntando hacia la barra— aun lo quiero.

Miré alrededor buscando a Toni. Él nos observaba mientras limpiaba los vasos, el tipo a mi lado lo saludo con la mano y mi jefe le respondió el gesto de igual manera, luego lo vi poner un vaso con el licor sobre la barra.

Camine hasta ella y tomé el vaso, Toni no me dijo nada, solo me miró de forma extraña. Camine de regreso y me di cuenta que el tipo no estaba solo, otro hombre lo acompañaba, era igual de guapo que él, solo que de cabello negro, creo que en un poco más bajo y mas musculoso, sus ojos eran cafés. Me miró y como el otro sonrió.

—Tienes razón—le dijo y su voz sonó rasposa, quizá por cigarrillos imaginé.

—Aquí esta—le dije.

—¿Qué haremos?—le pregunto extraño uno al dos sin siquiera agradecer, voltee mis ojos y comencé a caminar de regreso a la barra, no alcance a dar ni un paso antes de que me detuvieran.

—Yo quiero un martini—dijo extraño número dos, me voltee y lo mire, sonreía. Tomé aire para calmarme, fui al bar y ahí estaba la copa.

—Nada más—le dije a Toni—me largo después de esto.

—No a menos que yo lo diga— me envaré molesta.

—Mi turno termino hace—mire mi reloj— 20 minutos, y tu no pagas horas extra.

—No hasta que ellos se vayan—al ver que no me movía agrego—a menos que quieras perder tu trabajo.

Maldito hijo de p…pensé.

—Solo ellos, nadie más— me rendí y lleve la copa al hombre, la puse en la mesa— ¿algo mas?— les pregunte, me ignoraron mientras bebían.

—Será un problema—murmuró extraño número dos.

—No lo sé—dijo extraño número uno, me miró— otro—me tendió el vaso.

Lo tomé molesta y fui por otro trago.

—No tiene el carácter— le oí decir, aunque sentía que me miraban los ignore lo mejor que pude, regresé a la mesa con su vaso y ya cansada comencé a alejarme de ellos.

—Te tenemos un trabajo—me dijo extraño número uno, me gire y alce una ceja.

—Lo lamento—les dije— pero no soy de esas, pregúntele a otra, quizás alguna de ellas quiera—me encogí de hombros y me aleje de ellos, cuando llegue cerca de Toni los oí reír.

—Me voy—le dije a mi jefe.

—Aun están aquí—me dijo limpiando una copa.

—No me interesa—murmuré—me voy, estoy cansada, y esos hombre—los mire, hablaban y me miraban—son raros.

—Raros—repitió él.

—Sí, no me dan buena espina—suspiré—me voy.

Me aleje de él mientras lo escuchaba refunfuñar que era una mala agradecida y que debería despedirme. Yo sabía que no lo haría, llevaba 3 años trabajando en ese lugar y siempre me amenazaba con lo mismo. Sonreí, me cambie de ropa y salí del lugar.

Eran más de las 7 de la mañana, estaba tan cansada que me senté en una piedra al lado del paradero de taxis, esperé.

—No quería hacer esto—dijeron y me estremecí al reconocer la voz del extraño número uno, lo miré. Llevaba lentes oscuros. Al frente de mi estaba apareció numero dos y una camioneta negra con cristales polarizados.

—Que…—comencé a preguntar pero me callaron poniéndome algo en la boca. Ambos me afirmaron, golpee a uno en la pierna con una patada y se quejo, lo intente de nuevo pero me golpearon en la cabeza.

Caí inconsciente sintiendo que todo esto era extrañamente ridículo.

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