Destino Final 6

Una historia basada en la saga Destino Final, de la cual soy un gran fan. Esta historia en particular se desarrolla en Venezuela, el primer capítulo en Caracas. De acuerdo al éxito que tenga, iré publicando el resto.

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1. Ascenso y caida.

 

Hace poco que ella había conocido a este grupo de personas, a pesar de estudiar la misma carrera. Son un grupo agradable y ha encontrado buenos amigos entre ellos. Su vista no presta atención al pasado, sino al presente y al futuro, por eso se enfoca en pasarla bien y obtener buenas calificaciones, y así no defraudar a sus padres, que hacen un increíble esfuerzo para que ella pueda estudiar.

 

Fabiola se levantó temprano, a pesar de ser sábado y de que no tenía ninguna clase ese día. Se duchó, tomó su desayuno, se vistió y tomó un grueso abrigo que no combinaba con el fuerte sol que azotaba la ciudad. No se lo puso, pero sí logró llamar la atención de varios en su camino mientras salía de su residencia camino a encontrarse con sus amigos.

 

Tomar el metro un sábado a las 10:00 a.m. en Caracas no deja de ser una faena agotadora, pero es un paraíso cuando lo comparas con la situación de los días de semana. El destino era próximo, sólo 3 estaciones para llegar a Bellas Artes. No dejó la estación, ya que era allí donde se suponía que debería ver a quienes la acompañarían, pero, como suele sucederle, llegó muy temprano.

 

Esperar ya era habitual para ella, no le importaba. Fabiola era una chica muy relajada y que sonríe ante todo, y ver a la gente pasar se había convertido en una especie de pasatiempo. La joven con un niño en brazos, una pareja con un rostro muy infeliz cargando varios paquetes, una mujer cuya pulsera se rompió liberando varias pequeñas esferas al suelo, hasta que fue interrumpida por Andrés, un muchacho de cabello largo, que aunque algo tímido y callado lograba generar buenos temas de conversación, y poco después llegó Sofía, que a pesar de su apariencia señorial tiene un carácter muy alegre, y saludó a Andrés y Fabiola muy alegremente.

 

Los minutos pasaron y así fueron llegando Armando, apurado como si viniese de alguno de sus juegos de fútbol; Adriana, a quien poco le faltó para no venir por sus lecciones de música, pero todos la saludaron a la distancia reconociéndola por  el trato de pasarela que da a cualquier suelo, y sus lentes de sol estilo “la mosca”; y Rogelio, el que siempre sacaba buenas notas a pesar de que 5 minutos antes de cada examen se le podía escuchar quejarse de que no sabía nada sobre lo que fueran a evaluar.

 

 

Los 6 jóvenes, de entre 17 y 21 años, salieron de la estación y encontraron que el sol había sido cubierto por nubes muy grises, que anunciaban una eminente lluvia. La ciudad no era la misma que Fabiola había visto al despertar, pero nada de esto redujo los ánimos del grupo. Marta y Carolina hacían señas desde el otro extremo de la calle. Ellas serían las guías en esta parte del camino, ya que eran quienes vivían en la zona, Marta los saludó con sus muy finos modales, aquellos modales que hacían que nadie creyese en un principio que ella venía del centro del país; y Carolina que, aun cuando sus documentos la delataban como la mayor de grupo, a la vista de muchos bien pudo haber pasado como la menor.

 

Marta les dejó saber a todos que Francisco y Raúl estaban ya en el lugar a donde todos se dirigían, así que tomaron el primer autobús. Fabiola pudo notar unas pequeñas gotas de lluvia caer sobre la ventana junto a la cual estaba sentada, y vio como una ráfaga de viento hizo caer una pequeña antena de un edificio cercano. Todo transcurría con aparente normalidad. Armando hacía algunas bromas, Rogelio y Sofía conversaban sobre una página de Internet que había metafóricamente robado sus almas. Todos estaban ansiosos, menos Fabiola. Ella nunca dejó de ver las pequeñas gotas, y en su mente trataba de terminar el dibujo que éstas comenzaban sobre el cristal, y las seguía con la mirada mientras caían a su inevitable final. Carolina pidió al chofer detenerse e hizo señas para que todos bajaran. Pagaron, el autobús partió, cruzaron la calle y subieron unas escaleras al final de la calle y todos pudieron verlo.

 

Allí estaba, majestuoso y cubierto por un inmenso manto blanco y gris que flotaba sobre él, El Ávila, un inmenso cerro visible desde toda la ciudad. Fabiola levantó la mirada mientras caminaba, y vio 2 largos cables de los que colgaban unas cabinas de suelo blanco y paredes de aparente vidrio, que subían y bajaban personas desde y hasta una de las partes más altas de El Ávila.

 

Con su mirada siguió a uno de estas cabinas y la vio perderse en la montaña, cuando escuchó a Francisco y Raúl que gritaban desde la fila para comprar los boletos al teleférico. Ambos en realidad eran muy similares, dos muchachos que hallaban diversión en cualquier cosa y que adoraban la tecnología, quizá la única diferencia era que Francisco tenía el cabello claro y Raúl negro. Una feria de turismo en lo alto de El Ávila llamó la atención del grupo, ya que seguro habrían extranjeros y la promesa de poder hablar con ellos es anzuelo para cualquier estudiante de idiomas, el grupo de jóvenes sólo esperaba que la lluvia por caer no arruinara lo que prometía ser un gran día.

 

Ya no quedaba rastro de aquel sol que podía verse durante la mañana, y ya muchos se habían colocado sus abrigos. Los boletos ya habían sido comprados y la fila avanzaba. Fabiola veía los vagones ascender sujetados a los cables, y vio como dentro de ellos un niño sacudía su mano de un lado a otro viéndola fijamente, dio la vuelta a ver a quién saludaba pero no había nadie, al volver la mirada al cable, el vagón ya no estaba. La cola avanzaba, todos hablaban de diferentes cosas, sólo Fabiola seguía distraída, lo que comenzó a extrañar al resto puesto que no era común en ella.

 

Se separaron en dos grupos de 5 para abordar los vagones: Marta, Carolina, Francisco, Raúl y Armando permanecieron adelante, mientras que Sofía, Adriana, Andrés y Rogelio se quedaron con Fabiola. Una gota de lluvia cayó sobre la frente de esta última. A medida que avanzaba la cola Fabiola sentía su acelerar su ritmo cardíaco sin razón aparente. Su abrigo parecía no protegerla del frío que parecía rasparle la piel. Marta hablaba por teléfono, haciendo planes para cuando descendiera de la montaña. Carolina contaba anécdotas de la universidad donde había estudiado hacía ya algunos años, mientras que Armando conversaba con otro grupo de turistas.

 

Llegó la hora de abordar, los primeros 5 se subieron al vagón. Fabiola por alguna razón se sentía inmóvil, pero Sofía la hizo avanzar con un pequeño empujón. Se oyó un trueno lejano y una niña que comenzó a llorar más atrás. El vagón de los primeros siguió avanzando y comenzó a cerrar sus puertas, Francisco se asomó y gritó “Nos vemos arriba”, y volvió a entrar. El segundo vagón abrió sus puertas y Rogelio entró e invitó al resto a hacer lo mismo. Una vez los 5 adentro, el vagón comenzó a desplazarse y a cerrar sus puertas. Fabiola guardó su boleto marcado con el número 18.010, y permaneció sentada tranquilamente en una esquina.

 

El vagón dejó la protección del techo de la estación de teleférico, y la cantidad de gotas que impactaban contra las paredes de vidrio del vagón era cada vez mayor. Fabiola asomó la mirada hacia abajo y vio como los autos se veían cada vez más pequeños, luego ya era sólo tierra y algunos árboles. De pronto, sintió como el vagón se movió, y Fabiola se tomó fuertemente de su asiento. Sólo era Rogelio que se movía en su lugar tratando de asustar a Adriana.

 

No habían avanzado mucho, pero la lluvia ya era torrencial. Desde el primer vagón no se podía ver el segundo. La única vista posible era hacia abajo, donde la sombra de la copa de árboles daba a entender la altura a la que se encontraban. Los nervios se agitaban junto con el vagón al pasar cada torre, y pronto vieron el suelo más de cerca, pero un suelo sobre el que se veían ríos de lodo que descendían a buena velocidad.

 

Una ráfaga de viento meció de manera espantosa el primer vagón, Carolina comenzó desesperadamente a tratar de utilizar la radio que allí se encontraba, pero fue en vano, hasta que escucharon un sonido espantoso. Más adelante se encontraba la siguiente torre, justo al borde de un precipicio, pero antes de llegar a ella una inmensa roca que bajaba con el lodo la golpeó en la base, en un ya debilitado suelo, y la torre comenzó a inclinarse visiblemente.

 

Carolina y Marta comenzaron a sentir el terror correr por sus venas. Francisco, Raúl y Armando comenzaron a asustarse de la situación de la que venían burlándose desde el principio, y todo esto apenas comenzaba a ser visible para los del segundo vagón, que acababan de notar la torre inclinada.

 

La torre seguía inclinándose, los del primer vagón lograron pasarla pero las cuerdas no soportaban ya la presión. El miedo se apoderaba de ellos a medida que los truenos les hacían sentir que su corazón se detenía. La lluvia impactaba contra el cristal fuertemente, no cesaría pronto. De repente, la cuerda que iba de bajada se reventó con una fuerza increíble, y arrojada por la presión dio contra el cristal del primer vagón, creando una grieta, que no impidió a las 5 personas que allí se encontraban ver como entre gritos de desesperación las personas de la otra cuerda caían al vacio.

 

La torre continuaba cediendo, y ya la cuerda de subida estaba por quebrarse, cuando una corriente de viento infernal sacudió el vagón y a los 5 que se encontraban adentro. Marta trató de sujetarse, pero no lo logró y se golpeó contra la pared agrietada, rompiéndola y cayendo al vacio. Fue inútil tratar de ayudarla, pero logro caer sobre el lodo y sobrevivir, sin embargo la lluvia caía sobre ella como si estuviese bajo una cascada, todo era tinieblas, puesto que el lodo que corría la golpeaba en el rostro y no la dejaba abrir sus ojos. Trataba de liberar palabras de auxilio, pero era como si la naturaleza la forzase a simplemente cerrar la boca, y además le costaba respirar. Seguía tragando lodo y siendo arrastrada hasta que se sintió detenida por una gran masa, logro abrir los ojos, pero solo para ver otra gran roca que venía, trató de apartarse, pero terminó aplastada contra la gran roca que inclinó la torre.

 

La cuerda que sostenía el primer vagón amenazaba con reventarse pronto. Raúl propuso saltar a la torre, que aún no estaba lejos, pero no había tiempo que perder. Carolina fue la primera en saltar por donde hace poco Marta había caído, y logró sujetarse. Siguieron Raúl, Francisco y Armando, pero este último resbaló al tratar de sujetarse, y cayó. Raúl desesperó al ver a Armando caer y por poco también cae, pero no sucedió, mientras que Carolina hacía un esfuerzo sobrehumano para sujetarse entre el viento, la lluvia que la empujaba, y el propio temblor producto de su miedo. El lodo arrastró a Armando hacia el precipicio, hasta que una rama saliente lo detuvo le atravesándole la base de la quijada y saliéndole por detrás de la nuca.

 

En el segundo vagón ya estaban al tanto de la situación, pero no había camino aparente hacia donde correr. Finalmente se reventó la cuerda de subida justo después de la torre que ellos ya estaban por pasar. Rogelio alcanzó a ver a los otros en la parte alta de la torre, y supo que también debían saltar, pero sólo contaban con unos segundos. Comenzó a forzar y patear la puerta del vagón hasta que logró abrirla, y convenció a Andrés de subir al techo del vagón usando las puertas como escalones, así todos podrían saltar hacia la torre al pasar.

 

La lluvia casi los hizo caer en varias ocasiones pero lograron subir, y ya la torre estaba cerca. Carolina, Francisco y Raúl aún trataban de bajar de la torre que estaba por caer. Rogelio y Andrés, al igual que Fabiola, Sofía y Adriana, se preparaban para saltar, pero Andrés no notó que su cabello comenzaba a enredarse en el cable. El momento llegó, la torre ya estaba lo suficientemente cerca. Rogelio saltó, pero Andrés se sintió detenido. Sabían que el vagón caería al pasar el engranaje, que ya estaba cerca. Sofía saltó a la torre, Fabiola le siguió. Andrés luchaba desesperadamente por zafarse, Adriana no se sentía con el valor para intentar saltar, Andrés vio el engranaje frente a su rostro, Adriana se armó de valor para saltar pero el grito de Andrés la detuvo, todos pudieron escuchar el cuerpo triturándose en el engranaje por el que pasa la cuerda, Fabiola podía ver el cuerpo contorsionarse tratando de pasar por el pequeño espacio, pero cerró los ojos ante tan desgarradora imagen. Carolina dio un grito que bien pudo haber llegado al otro extremo de la ciudad, y Adriana se quedó paralizada dentro del vagón con un sonido de huesos quebrándose que aún retumbaba en sus oídos.  

 

El engranaje comenzó a fallar y a producir chispas, Sofía gritaba a Adriana que saltase pero el engranaje explotó, rompiendo el cristal de una de las paredes del vagón, enviando todos los trozos filosos a tal velocidad que apuñalaron el cuerpo de Adriana mientras se asomaba para saltar. Finalmente, el vagón se desprendió.

 

Todos trataron de evitar el vagón, que rodaba por el costado de la torre. Ya casi todos se encontraban cerca de la base, pero la torre se inclinó más hacia el precipicio y Raúl y Francisco cayeron, el vagón detrás de ellos, que los aplastó una vez tocaron el suelo.

 

La torre cedió finalmente, formando una especie de escalera hasta la parte baja del precipicio. Carolina, Sofía, Fabiola y Rogelio seguían sujetados a la base de la torre para evitar ser arrastrados. Rogelio hizo señales para bajar hasta donde el lodo no pasaba, pero mientras lo hacían una rama que caía golpeó a Carolina que salió impactada y cayó de espalda en una de las columnas de la torre rompiendo su columna. Pronto sucedió lo que Rogelio suponía, la roca que había sacado la torre de su base comenzaba a ceder de nuevo arrastrada por el lodo. La lluvia no se detenía, para todos era difícil hasta respirar y mantenerse firmemente sujetados a la torre. Sofía resbaló y quedó sujetada de una mano, pero Rogelio se puso de espaldas a la torre y logró ayudarla a sujetarse mejor. Sofía vio que la roca estaba por caer y solo alcanzó a gritar. Rogelio la arrojó a un lado pero la roca cayó. Sofía vio a Rogelio aún sujetado y se asomó para asegurarse de que estuviese bien, pero la roca había arrancado toda la piel delante de Rogelio y arrancado la parte delantera de su rostro. No tardó mucho en caer y su cuerpo inerte ser arrastrado por el lodo. Fabiola logro tocar suelo firme y llamaba a Sofía, pero la torre estaba a punto de terminar de caer, y lo hizo.

 

Sofía cayó de cara al lodo y sintió un gran peso sobre ella, que no la dejaba levantarse, no podía respirar. Fabiola trataba de ayudarla. Sofía trataba de levantarse con todas sus fuerzas, pero el peso de la torre era insuperable. Fabiola sólo podía ver parte de las piernas de Sofía que salían de debajo de la torre. Su movimiento errático mostraba el desespero de Sofía, hasta que dejaron de moverse. Se había ahogado.  

 

Fabiola estaba en shock, lloraba sin saber qué hacer, sujetada a la torre para que la corriente no la arrastrase, pero fue más fuerte que ella. Clavaba las uñas a cualquier cosa con tal de detenerse, pero era en vano. La lluvia la golpeaba en el rostro, el lodo la llevó justó a lo que era la cima de la torre, ella luchaba por aferrarse a algo, pero una barra de metal saliente la atravesó justo a la altura de los ojos.

 

 

No hubo luz por un segundo para ella, pero al abrir los ojos Fabiola estaba de nuevo en la estación del teleférico. Sofía la hizo avanzar con un pequeño empujón, debían prepararse para abordar el siguiente vagón.  Se oyó un trueno lejano y una niña que comenzó a llorar más atrás, una lágrima corrió por el rostro de Fabiola. El vagón de los primeros siguió avanzando y comenzó a cerrar sus puertas, Francisco se asomó y se preparaba como para decir algo, pero Fabiola comenzó a gritar y les pidió que bajaran. Francisco se asustó y bloqueo la puerta para que todos abandonasen el vagón. Fabiola comenzó a correr fuera de la fila, los demás la siguieron y todos salieron de allí.

 

Armando la detuvo, trató de preguntarle qué le pasaba. Fabiola no dejaba de llorar, temblaba, y alcanzó a decir: -El teleférico, la torre, todo se va a caer-. Nadie creía entender lo que ella decía, todos se miraban al rostro y empezó a llover fuertemente. Se refugiaron. Marta, Francisco y Raúl se quejaban porque debía ser muy emocionante subir con lluvia, Rogelio, Sofía y Andrés trataban de hacer que Fabiola se calmara. A los pocos minutos, un estruendo se escuchó en la lejanía y el cable que iba subiendo se salió de la torre, como si se hubiese roto más arriba y los vagones a la vista cayeron sobre la carretera ocasionando un gran choque.

 

Todos quedaron sin palabras.

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