No dejes a extraños entrar a casa (I)

Porque no siempre es seguro, porque es peligroso...
Porque nunca sabes sus verdaderas intenciones.


Los Neilson son una familia de clase media alta, normal, tranquila y unida. Su vida es como la de cualquier otra.
Propietarios de una hermosa casa, tan grande, tan espaciosa, tan codiciable. Herencia familiar, por supuesto.
Vivían en un tranquilo, silencioso y solitario vecindario. No muy poblado, pero con hermosos jardines y un bello parque central.
Una vida tranquila. Eran siempre muy dadivosos, compasivos y extremadamente amables. Tanto, que parecían una familia sacada de las telenovelas.
Parece muy fácil ayudar a un pobre individuo necesitado, dar morada a un hombre desamparado, que asegura haberlo perdido todo...
Y es fácil apiadar a sus compasivos y afectuosos corazones.


Hasta que un día, su caridad los traicionó...

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1. Capítulo primero -- Días previos

 

.:Charlotte:.    Suspiré, por enésima vez.      - ¿Terminaste ya tus deberes? - preguntó mamá, mientras terminaba de recoger la cocina.   - Sí, mamá. Ya los he hecho.   - ¿Todos?      - Todos. - aseguré.   - ¿Ninguno que se te olvide? - insistió, con su típica voz suave.   - No, mamá. - dije, sin alterarme. - Estoy perfectamente segura de que ya cumplí con mis obligaciones, sin excepción.   Ella me dedicó una sonrisa dulce, y asintió.     - Perfecto; te creo. Puedes, entonces, ir a tu habitación. Tienes la tarde libre.   Sonreí también, y salí de la cocina.   Subí una vez más las extensas escaleras, de alfombrado marrón con bordado carmesí; una fina pieza.   Llegué hasta mi habitación, y me tumbé sobre mi cama, de tamaño matrimonial, con sus suaves edredones color beige & azul pastel. Era una combinación, según mi madre y algunas opiniones, elegante y grácil para una joven de mi edad.   Sinceramente, yo lo había escogido porque son mis dos colores favoritos, y porque me gustaba el diseño. Pero, en fin...   A mis 17 años, podía asegurar tener una vida  normal  y pacífica. Nunca tenía grandes conflictos. Era obediente y me llevaba bien con mis padres.   Mi madre, Carolyn Neilson, era la mujer más dulce y comprensiva que había conocido. Era una mujer muy bella, y además, encantadora. No me extrañaba en absoluto que papá se hubiera enamorado de ella de aquella manera.   Él, mi padre, Peter Neilson, era un hombre amable, caballeroso y muy agradable. Trabajaba como doctor en el hospital principal de Clairmont, donde vivíamos. Y sin mencionar lo bondadoso que llegaba a ser. Eran, simplemente, los mejores padres que pude pedir.   Y... ¿qué puedo decir de mi hermano menor, Ryan? Peleábamos de vez en cuando, como cualquier par de hermanos, pero nada más. Nos llevábamos bien, en realidad. Él era dos años menor que yo. Estaba por cumplir, en algunos meses, los 18 años; mientras él, tenía los 16 recién cumplidos.   La temporada de invierno estaba comenzando, por lo que me acurruqué bajo las sábanas tibias de mi cama, tomé mi libro del buró y comencé a leer. Hacía frío y no tenía muchas ganas de salir.   Y, alegremente, la época navideña se acercaba.   Amaba estas fechas. Eran mis favoritas del año, por mucho. Era de las chicas que preferían el frío al calor; un rico ponche caliente, a un frío helado; una cálida y armoniosa cena familiar, a un día quemándote por el sol en un balneario.  
  .:David:.     ¡Ah, otro fastidioso día! Y éste bar apestaba a humanidad.   No entendía por qué seguía frecuentando lugares tan concurridos, cuando no soportaba a la gente. Sobretodo a esos asquerosos borrachos mal vivientes.   Salí del lugar, sin siquiera haber tomado nada. Esta vez duré más tiempo: diez largos minutos en el infernal y pútrido lugar. ¡Puaj!  La gente podía llegar a ser verdaderamente despreciable. Pero, ¿quien era  yo, precisamente, para juzgarlos? Exacto; el menos indicado.   Caminaba por las frías calles de Clairmont. La escarcha adornaba los edificios; la gente portaba gruesos abrigos, gorros, bufandas y guantes abrigadores. Toda la ciudad estaba repleta por las interminables luces, adornos, figuras y cancioncillas navideñas de la época.   Tan solo me preguntaba: ¿quién sería la próxima víctima?   Era una sed... una sed insoportable de sangre.  Estaba enloqueciéndome, pero a la vez, me fascinaba. Era un  cazador; sí, eso se podría decir que yo era: un  cazador. Y, ahora, el cazador se cuestiona quién será su siguiente presa.   Tantas personas, tantos infames malnacidos, tantos infelices desgraciados, asquerosos pervertidos, mentirosos, injustos, arrogantes. Todos una masa de calamidad, como los desechos del planeta. Me enfermaban, y gritaban en mi interior que lo hiciera. Con tan sólo verlos, lo sabía; sabía quién merecía morir. Y, lo hacía.   Al principio, como un impulso; ahora, como una necesidad... como un ¿ deporte? No, esas cosas no infundían tanta pasión como la que matar me provocaba. Era... no lo sé... una sensación tan satisfactoria...   Caminaba, mirando a la nada, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo negro que llevaba puesto. Caminaba, y la gente (en escaso número) caminaba igual a mi lado.     Y lo vi; vi al imbécil al que acabaría con sus pútridos días. Un pobre niño desamparado, sin hogar, caminaba con un escaso suetercillo medio roído y viejo, pantaloncillos rasgados con zapatos rotos y viejos. Un pequeño niño vagabundo que no aparentaría más de seis o siete años. El pequeño caminaba pesadamente, mirando suplicante, pidiendo con sus temblorosas y congeladas manitas un centavo para comer.   Y el muy infeliz tan solo le gritaba: "Apártate del camino, niño", con ademán amenazador.   Eso fue lo que avivó mi ira; lo que despertó la bestia que existía en mi interior, y que me consumía cada vez que quería. Lo que provocó en mi cuerpo incesantes temblores de furia y adrenalina.   Y, sin pensarlo, casi como un reflejo, mi mano descendió hasta el bolsillo de mi pantalón, palmeando dócilmente la filosa arma blanca que siempre me acompañaba.   Avancé hacia él, sintiéndome arder.    Empujé al maldito bastardo, rabioso, contra la pared de un frío y vacío callejón oscuro, tomándolo firmemente por el cuello de su elegante abrigo gris de gruesa y fina tela.   Y, entonces, actué.

 

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