Un último suspiro

Una mini historia dramatica con Harry como uno de los principales protagonistas.

Aquello que empieza de forma repentina puede desaparecer del mismo modo... O quizas de forma mas lenta y dolorosa. Tal vez el destino sea justo con aquellas personas que se quieren, o tal vez decida separarlas sin piedad.

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2. Siempre hay un final.

 

-Está bien, ¡trae! –apoya el oso panda en el suelo y coge la pulsera ante la mirada un tanto sorprendida, pero sobre todo complacida, de Harry.

-Por fin has entrado en razón.

-Y ahora, ¿te vas? –Celia coge el peluche de lo que sería una pata y camina de nuevo.

-No, te la tienes que poner, si no, ¿para qué te la he regalado?

 

La joven echa la cabeza hacia atrás en un gesto de impotencia. ¿Cómo es tan pesado? Si se callara, a lo mejor parecería mono, porque feo no es, pero es que… la exaspera. Es demasiado… demasiado prepotente. Cree que puede conseguir lo que quiera, pero no es así, con ella no va a funcionar. Seguro que hace lo mismo con todas. Y Celia no está dispuesta a ser “una más” en la lista de nadie. De hecho, ni siquiera está segura de por qué ese chico se interesa tanto por ella.

 

Le estampa el panda a Harry en el pecho para que lo sostenga mientras se pone la pulsera. Es un objeto precioso, con piedras de tonos verdosos que van con sus ojos. Y con los del chico, por cierto, que no se había fijado, pero tiene unos ojos de un color verde azulado preciosos. “¡¿Preciosos?! Venga ya, Celia, no empieces con tonterías.”

 

-Lo que tú has hecho no ha sido regalármela, ha sido… ¡obligarme a quedármela! Las cosas no se hacen así… -protesta, cogiendo de nuevo su premio de los brazos del chico.

-No la hubieras aceptado de otro modo, y habría sido una pena que la llevara otra persona; no luciría tanto como contigo.

-Eres un pelota.

-No, digo la verdad.

 

Justo en ese momento, la chica recuerda que, cuando Harry se fue antes del puesto, la pulsera había desaparecido.

 

-¿Cómo…? ¿Cómo compraste la pulsera? Si ya no estaba… -dice, desconcertada.

-Oh, un chico no puede desvelar sus métodos.

-¿Métodos para qué?

-Eso no necesitas que te lo diga –él sonríe mostrando sus blancos dientes.

-Bueno, ya me puesto la pulserita, ahora vete.

-No.

 

Celia para en seco y mira a Harry realmente enfadada.

 

-¡¿CÓMO?! –grita, con lo que atrae miradas de la gente que camina alrededor.

-Ese no era el trato –responde él, completamente calmado.

-Ah, ¿no? ¡¿Y cuál se supone que era?! –esta vez no deja el oso en el suelo, lo lanza, y se cruza de brazos.

-No. Yo dejaría de molestarte si la cogías. Pero es que… -hace una pausa totalmente teatral- en realidad no te estoy molestando.

 

La muchacha no podría abrir más los ojos ni aunque quisiera.

 

-¡¿Qué?! –su voz es incluso algo más aguda de lo normal.

-A ver, que yo sé que en realidad te gusta estar conmigo. Lo noto.

-¡Pues tienes un problema serio porque no es así, de hecho, te estoy empezando a odiar!

 

Alrededor de la pareja ya hay varias personas que incluso piensan que aquello puede ser una especie de espectáculo organizado, y que luego pasarán con el sombrerito pidiendo un dinerillo. Se dan cuenta de que no es así cuando la chica –bastante mona, por cierto- sale de allí chocando con un par de jóvenes que miraban la escena. Ni siquiera ha recogido el peluche del suelo.

 

Harry la contempla marcharse. No cree que deba seguirla. Quizás se haya pasado de la raya, aunque no suele ocurrir, normalmente cae bien a las chicas, a las que les gusta que se comporte de ese modo. Pero al parecer esta es diferente. Y eso, misteriosamente, le ha gustado. Además, es muy guapa. Y tiene carácter. Se da cuenta de que ni siquiera sabe cómo se llama. Eso debería arreglarlo. Justo cuando va a echar a andar tras ella, aparecen sus cuatro amigos acompañados de las chicas que se han subido antes al escenario.

 

-¿Qué haces aquí? Llevamos un rato buscándote –se queja uno de los jóvenes, llamado Zayn.

 

Harry suspira.

 

-Lo siento, es que… bueno, puede que el asunto se me haya ido un poco de las manos.

-Eso parece, porque ahora Celia no está donde nos dijo que nos esperaría –se queja Miriam, que sabe que antes él se ha ido a hablar con ella.

-Así que Celia… -dice el chico de pelo rizado para sí; le gusta el nombre. Luego parece volver a la conversación- Ya, bueno, es que… estábamos aquí, se ha cabreado conmigo y ha salido pitando.

-Genial –el tono irónico de Paula no deja lugar a dudas.

-Pues ve a buscarla –interviene Adriana.

-¿Qué? Si no me quiere ni ver.

-Chico, tú la has cagado con ella, tú debes arreglarlo –dice Claudia-. Además, estoy segura de que en realidad no se ha enfadado contigo, al menos no mucho. Es sólo que… le suele costar relacionarse con chicos y tal, se pone muy a la defensiva.

 

Harry se acerca al oso panda, que está tirado en el suelo y lo coge sin muchas ganas.

 

-Mira, nosotros queremos ir a la noria. ¿Por qué no la buscas mientras tanto? –propone Louis, otro de ellos- Si te disculpas seguro que le caes bien.

-Lo dudo…

-¡No seas pesimista! –el rubio de ojos azules de antes, Niall, le anima con una sonrisa.

-¿Y ese peluche? –pregunta Miriam, que parece acabar de darse cuenta de lo que Harry tiene en las manos.

-Ah, sí, lo ha ganado ella en lo de los patitos.

-Pues ya tienes excusa. Te acercas, le das el peluche, te disculpas, os reconciliáis, y os hacéis amigos –Liam le da una palmada en la espalda a su amigo.

-Ni siquiera sé dónde puede estar –trata de evadirse Harry.

-Mmm… déjame que piense –Paula medita un momento, llevándose una mano a la barbilla-. ¿A la entrada del recinto no hay un parquecito?

-Sí –corrobora Zayn.

-Pues estoy segura de que está allí, en algún banco.

-O en algún columpio –apostilla Miriam.

-Es probable –dice Adriana.

 

El chico de pelo rizado asiente.

 

-Os esperamos en la noria, ¿está bien? –pregunta Niall.

-Sí, vale –asiente Harry, y camina en dirección a la salida de la explanada, en dirección contraria a sus compañeros.

 

El chico camina sin muchas ganas. No es que no le apetezca reconciliarse con Celia –más ahora que parece que sus amigos se llevan tan bien con las de ella-, pero no cree que la joven tenga muchas ganas de hablar con él. Además, tampoco se siente muy bien, no le gusta hacerle daño a la gente, no pensaba que fuera a tomárselo tan mal.

 

Camina por entre la gente, contracorriente, pues todos entran y él sale del lugar. Todos felices, y él, algo abatido, sin ni siquiera conocer el motivo real.

Por fin logra escapar del barullo de gente, ya que acaba de salir del recinto. Mira a su alrededor en busca de aquel parque del que le ha hablado Paula hace un momento; lo cierto es que él no va mucho por allí y no conoce la zona.

 

Cree divisarlo a unos cincuenta metros. No tiene ninguna farola encendida, pues las luces de alrededor lo iluminan bastante bien, y de todos modos, tampoco parece que en él haya nadie; durante estos cinco días, cualquier niño con ganas de jugar va a la feria, no al parque. A pesar de que no ve a nadie, se acerca intentando no hacer mucho ruido.

 

De repente, la ve. Está, como bien había predicho Miriam, en un columpio. Mueve las piernas muy despacio y de forma suave, por lo que su cuerpo se balancea, junto con el columpio, hacia delante y hacia detrás. Parece una niña pequeña, y Harry no puede evitar sonreír. Aunque no puede ver bien la cara de Celia, sabe que no está contenta, pero tampoco enfadada. Tal vez… ¿decepcionada? No, sería una tontería pensar eso.

 

Harry camina en dirección a la chica, quiere que le vea venir, que no piense que intenta cogerla desprevenida, pero sobre todo, quiere que pueda huir de él si es lo que desea.

 

La muchacha gira el rostro cuando escucha unos pasos acercarse, y aunque lo intenta, no consigue ocultar la sorpresa que le provoca ver a Harry acercarse con el oso panda de peluche en la mano. No dice nada, ni siquiera deja de columpiarse, sólo le observa fijamente mientras va hacia ella, y espera a que empiece a hablar; es lo menos que el chico puede hacer.

 

-¿Puedo? –pregunta Harry, señalando el columpio que hay al lado del de Celia.

 

Ella se encoje de hombros.

 

-No veo que mi nombre esté escrito ahí por ninguna parte, así que no entiendo por qué me preguntas.

 

El joven decide no tomarle a mal el comentario, y sencillamente se sienta.

 

-Lo he hecho porque quizás no te apetezca mi compañía.

-¿Desde cuándo eso cuenta? Hace un momento no me apetecía en absoluto, y no te ha importado –dice Celia en un tono casi inaudible.

-Desde que me he dado cuenta de que soy un imbécil, un capullo y un creído –Harry sonríe a medias.

-Y un pesado –ella sonríe levemente por la referencia que el chico ha hecho a su anterior conversación.

-Eso también. Y como lo soy, he venido a… ejem, darte tu panda –se lo tiende y, al cogerlo la joven, se da cuenta de que no se ha quitado la pulsera-. Te lo has ganado a pulso tú solita, y no quería que se quedara allí tirado.

-Gracias –murmura Celia-. La verdad es que cuando me he dado cuenta de que lo había olvidado estaba ya aquí, y habría sido poco digno volver a por él.

-Cierto, cierto –él sonríe y ella le imita-. Bueno, y… no sólo he venido por eso. Quería pedirte perdón.

-Interesante… Continúa.

 

El chico se da cuenta de que Celia parece algo menos enfadada. Probablemente debería haber empezado siendo simpático desde el principio.

 

-Pues eso –contesta Harry.

-¿Pues eso? –la chica levanta una ceja y hace gestos con las manos instándole a seguir hablando.

-Verás yo… En fin, quizás en lugar de venir a pedirte perdón, que también, haya venido a darte una explicación.

-¿Sobre?

-Sobre por qué soy así, más bien, por qué me comporto así, porque no es que yo sea de esta forma.

-Me estás liando –dice Celia algo confusa.

-A ver. Yo… suelo hablar y actuar con las chicas como lo he hecho contigo antes. Suelo ir con esa actitud, y a ellas… no sé, les gusta, se divierten. Ir de simpático y amable no me solía funcionar, la verdad, así que cambié.

-Pues conmigo te está funcionando mejor –apunta la joven.

-Lo sé, y la verdad, no lo entiendo. Es como si hubieras roto mis esquemas, porque no logro entender qué problema has visto en mí.

 

Celia mira al cielo, sin saber muy bien cómo expresarse. El chico le está empezando a caer bien, ahora parece buena persona, pero tampoco ella está muy segura de por qué lo ha rechazado en su faceta… bueno, en una faceta con comentarios originales para todo, con una sonrisa constante, pero sobre todo una faceta prepotente. Prepotencia… Quizás sea eso.

 

-Veamos… -la muchacha se rasca la frente- Tu forma de actuar antes ha sido… interesante, podría decirse, pero está el pequeño problemilla de que vas como si pudieras saltarte todas las reglas porque tú eres más guay que cualquiera, como si fueras superior a todo, y eso te hace creerte, por extensión, superior a la chica con la que estás. Y no es así. O al menos, a mí no me gusta verlo así. Prefiero que seas amable conmigo y que me sonrías con sinceridad, no con prepotencia. Prefiero que entables una conversación conmigo y que al final me regales la pulsera por lo bien que te he caído, y no que me obligues a quedármela, o que me ofrezcas comprármela, sin más, como si te necesitara para poder conseguirla. No sé si me explico…

-Demasiado bien –Harry suspira con algo parecido a tristeza-. Pero sigo sin saber por qué a las otras chicas no les importa.

-Porque ellas sólo quieren pasar un rato entretenidas, supongo, que es lo que tú les ofreces, diversión por unos momentos. Pero no creo que con ninguna de ellas lo vuestro pase de ese mismo día en que os conocéis.

-Eso es cierto.

-Tal vez debas cambiar tu forma de enfocar las cosas. Con ser como estás siendo conmigo en este momento, te iría bien –Celia sonríe alentadora.

-¿Sabes? Mi problema es que sé que si no me hago parecer superior, soy inferior. Al lado de mis amigos, no soy casi nada, por ejemplo.

 

Harry parece estar hablando con sinceridad. De hecho lo está haciendo. No ha hablado de sus sentimientos con mucha gente, y menos con personas a las que casi no conoce, pero la chica merece una explicación, y la única forma que conoce de dársela es diciéndole la verdad.

 

-Yo no creo que seas menos que tus amigos.

-No les has visto –dice él.

-Sí que lo he hecho, allí arriba en el escenario. Y en lo que a aspecto físico respecta, no tienes nada que envidiarles –Celia se sonroja un poco cuando comenta eso, pero como está oscuro, no se le nota.

-Gracias, pero… necesitas gafas –Harry ríe.

-Llevo las lentillas puestas –la chica tuerce el gesto.

-Pues se te han empañado.

 

La chica mira a su alrededor. Ve el flujo de gente entrando y saliendo de la feria, hablando, riendo, compartiendo un momento bonito, ve las luces que iluminan todo el recinto, y por último ve la luna, casi llena. Le brilla la mirada cuando le habla al que ya podría considerarse su nuevo amigo.

 

-Harry… te llamas así, ¿no?

 

Él da un respingo.

 

-Sí, siento no haberme presentado. Ha sido algo descortés por mi parte.

-No pasa nada. Yo soy Celia.

-Lo sé.

 

Se dan la mano como si acabasen de conocer, sonrientes.

 

-Pues Harry, escúchame –le mira a los ojos-. No tienes que ser diferente a como tú eres para caer bien a la gente. De hecho, a mí me caes bien como eres de verdad. Sólo tienes que ser tú mismo, créeme, y todo será más fácil. Eres un chico muy simpático, eres inteligente, se te nota, y además eres guapo. ¿De verdad te crees inferior a alguien? Cada uno es como es, y cada persona es una maravilla por sí misma, por el mero hecho de existir. Tú eres especial, igual que yo, o que cualquiera de esas personas que entra despreocupadamente a la feria. Así que no permitas que nadie te haga creer lo contrario, ni lo pienses por ti mismo, nunca, jamás, ¿me oyes? –él asiente con la cabeza- Bien, porque sería mentira. Y ten en cuenta algo… Si cambias para hacer felices a los demás, serás tú el que no será feliz.

 

El chico la mira con ojos vidriosos. Es quizás lo más inspirador y bonito que le haya dicho en su vida alguien que no sea su madre. Y aprecia de verdad el gesto de esa chica a la que le ha fastidiado la tarde, que ahora encima le está ayudando.

 

-Gracias –susurra él.

-No las des, es la verdad.

-Y te repito que lo siento –Harry se pasa una mano por el pelo.

-Está olvidado.

 

Ambos sonríen, casi a la vez.

 

-Por cierto, parece que tanto tus amigas como los míos se llevan bastante bien…

-¿Por qué lo dices? –pregunta Celia.

-Porque se han ido a la noria juntos.

-¡¿Sin nosotros?! –la chica pone cara de horror.

-Eso parece… -Harry le sigue el juego, divertido.

-Pues muy mal por su parte…

-Lo sé. ¿Y si nos unimos a ellos? –propone él.

 

Celia finge pensar. Tiene la respuesta clara.

 

-Por supuesto. ¡No pienso permitir que se lo pasen bien sin mí! –dice, levantándose del columpio con el peluche en los brazos- ¿Tú sí?

 

El joven niega con la cabeza, sonriente.

 

-Aunque con esto… va a ser complicado –comenta ella señalando al oso.

-Anda, trae.

 

Harry lo coge y se lo coloca bajo el brazo. Entonces Celia le coge una mano, le hace levantarse y tira de él en dirección a la noria, corriendo y riendo a la vez.

 

-¿Amigos? –pregunta él, aún corriendo.

-Amigos –sentencia ella sonriendo y mirándole con ojos brillantes.

 

_

 

Harry acaricia la mano de Celia con dulzura.

 

-Ha sido un bonito sueño. Me ha hecho… -hace una pausa porque necesita tomar aire- recordar tantas cosas…

-Es que aquel acabó siendo un gran día –comenta él.

 

Intenta sonreír, pero, aunque aquella noche le trae unos recuerdos maravillosos, no puede evitar pensar que algo así no se volverá a repetir nunca, que Celia se está apagando y él no puede hacer nada para impedirlo.

 

-Lo fue.

 

Celia presiona un botoncito y la cama se eleva un poco en la zona de su torso. Alarga una mano hacia la mesita de noche con intención de coger un vaso de agua que allí descansa, lleno hasta arriba, intacto.

 

-Te ayudo –se apresura a decir Harry y hace amago de tomar el vaso.

-No, por favor. Deja que lo intente –responde ella dulcemente, apartando la mano de él.

 

El chico asiente, no muy convencido, y ve cómo Celia coge el vaso con manos temblorosas y se lo lleva con cuidado a los labios. Mientras bebe, Harry ve la reluciente pulsera con piedras de tonos verdosos en su muñeca, y sonríe feliz después de mucho tiempo. Aún la lleva. Por él, por el día en que se conocieron.

 

-Así me gusta, que sonrías –dice la joven dejando de nuevo el vaso en la mesita.

-Y como siempre, tú eres el motivo de mi sonrisa –le aparta un par de mechones de pelo de la cara y se los coloca tras la oreja.

-Hay cosas mucho más alegres que una chica en una cama de hospital, la verdad –suspira.

-No para mí.

-Pues debería –le riñe ella.

 

Harry agacha la cabeza como un niño que se sabe culpable.

 

-Lo siento…

 

La joven sonríe débilmente y le pasa una mano por la mejilla al chico.

 

-Eres increíble, lo sabes, ¿no? –habla en voz baja; le cuesta- No dejes de ser como tú eres, porque tu forma de ser es especial, es única, y es algo que me encanta de ti… Aquel día, en el que nos prometimos ser amigos, no habría sido capaz de decir en lo mucho en que te ibas a convertir en mi vida… que poco a poco me enamoraría de ti, que ibas a ser no sólo mi amigo, sino también mi confidente, mi compañero de risas, mi amor… Y estoy segura de que pronto encontrarás a otra persona para la que signifiques tanto o más de lo que…

 

Él le pone un dedo en los labios y le ordena callar con un “shhh”.

 

-Tú eres la única persona en mi vida.

-Hasta dentro de poco.

-Ya veremos lo que ocurre.

-Vamos, Harry, sabes perfectamente que…

 

La hace callar de nuevo.

 

-Sé que te quiero, y eso es lo único que me importa ahora.

 

El miedo a perderla le atenaza todos los sentidos y le hace imposible decir algo más, ser capaz de declararle algo como lo que ella acaba de hacer.

 

La chica asiente y sonríe levemente; no quiere discutir con él, y sabe que, en el fondo, tiene razón, y Harry también es consciente de ello.

 

-¿Me haces un hueco, cielo? –pregunta él, señalando la amplia cama en la que descansa Celia; necesita sentirla cerca.

-Claro.

 

El joven aparta las sábanas, se quita los zapatos y se tumba al lado de la chica a la que ama, frente a frente, mirándose a los ojos, viendo a través de ellos. Ella le toma la mano y el chico la agarra con fuerza, aferrándose a ella, como si el que estuviera a punto de irse fuera él. Como si sólo con su amor pudiera hacer que se quedase a su lado para siempre.

 

-Gracias por todo. Por hacerme feliz, por ser tú, por apoyarme, por quererme y dejarme que te quiera –susurra Harry.

-Gracias a ti. Por estar justo ahora aquí, conmigo, tumbado en esta cama, por haberme enseñado a vivir.

-Te amo.

-Te amo –murmura Celia.

 

Harry ve que se le cierran los ojos. Dos lágrimas caen por sus mejillas cuando acerca sus labios a los de ella, sintiéndola tan cerca pero ya tan lejos, y los une por última vez a los de la chica que tanto le ha dado a lo largo de dos años que han sido los mejores de su vida. Es ese último beso el que le hace darse cuenta de que la quiere más que a nada en el mundo, y eso será así para siempre. 

 

 

FIN.

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