Un último suspiro

Una mini historia dramatica con Harry como uno de los principales protagonistas.

Aquello que empieza de forma repentina puede desaparecer del mismo modo... O quizas de forma mas lenta y dolorosa. Tal vez el destino sea justo con aquellas personas que se quieren, o tal vez decida separarlas sin piedad.

69Me gustan
8Comentarios
1688Vistas
AA

1. Siempre hay un comienzo.

 

Allí está ella. Ahora descansa. Está tumbada en esa cama blanca que tantas lágrimas ha empapado ya. Y Harry sabe que aún faltan muchas más, lo peor aún no ha llegado. Se acerca poco a poco a ella, y contempla cómo su pecho sube y baja al ritmo constante de su respiración. Tiene el rostro sereno, lo que significa que, seguramente, la nueva medicación ha hecho efecto. Alarga una mano y le acaricia la cara con suavidad. La piel de sus mejillas es como la seda. Le inundan unas ganas inmensas de besarla, pero no quiere despertarla –últimamente le cuesta conciliar el sueño-.

 

Cómo le gustaría que todo hubiera sido diferente. Bueno, no. En realidad, sólo desearía que una cosa no fuera igual, todo era perfecto hasta el día en que a Celia le diagnosticaron esa enfermedad. Enfermedad rara, la llamaron. Sin cura conocida, aunque investigarían, le dijeron. Y un cuerno.

 

Pero ella ya lo había asumido, aceptado incluso. Se había resignado a que su vida fuera más corta que la del resto del mundo. Y no le importaba, porque ella tenía fe. Fe en Dios. Sin embargo, Harry sencillamente no podía –ni quería- resignarse a que las cosas fueran así. Aunque él lo único que podía hacer era lamentarse de que la enfermedad la sufriera Celia, su Celia, y no él. ¡Cuántas noches no se quedó agarrado a su mano rogando ser él el que estuviera en aquella cama blanca!

 

Harry coge la pulcra sábana de un extremo y la coloca bien para que la joven no pase frío. “Sólo tiene diecinueve años. Ni siquiera ha empezado a vivir”. Le mira de nuevo el rostro, y justo en ese momento tocan a la puerta.

 

-Adelante –dice Harry con voz débil, hoy se encuentra con menos fuerza que de costumbre; quizás el llevar una semana sin salir del hospital puede tener algo que ver.

 

Una enfermera asoma la cabeza por la puerta.

 

-¿Necesitan algo? –pregunta la chica.

 

Es joven, no pasará de los veinticinco años, y entrar a esa habitación le causa muchísimo respeto. Admira –y envidia- el amor y la dedicación que el chico profesa a la enferma, de la que no se separa ni un segundo.

 

-No, gracias, ahora duerme –esboza una tenue sonrisa.

-Muy bien. Si en algún momento hace falta, no duden en llamar –dice la enfermera, tras lo que vuelve a irse.

 

Harry intenta sonreír de nuevo, pero esta vez no lo consigue.

 

-Con lo que sabes que me gusta tu sonrisa y últimamente te has empeñado en tenerme descontenta.

 

El chico vuelve la cara sorprendido y ve a Celia, con los ojos semiabiertos, mirándole.

 

-Hola, cielo –dice él arrodillándose apresuradamente al lado de la cama y tomándole la mano con dulzura-. ¿Cómo te encuentras?

 

Le da un beso en la frente que ella recibe con los ojos cerrados.

 

-Mejor –Celia sonríe-. ¿Y sabes por qué?

-No, ¿por qué, mi amor?

 

La chica le pide que la ayude a incorporarse un poco en la cama, y él lo hace con gusto.

 

-Porque he soñado con algo maravilloso, y créeme que, aun dormida, han sido unos momentos de felicidad… increíbles.

 

A Celia le cuesta hablar, y cada pocas palabras tiene que parar a tomar aire, pero aun así, una sonrisa ha aparecido en su expresión.

Harry se sienta en un sillón que hay justo al lado de la cama, sin soltarle la mano.

 

-¿Y con qué has soñado, vida? –pregunta, deseando saber qué puede hacerla feliz en esa situación.

-Pues… he soñado con el día en que nos conocimos.

 

_

DOS AÑOS ANTES

 

Las cinco chicas caminan alegres por entre los puestos, con distinta música proveniente de cada uno de ellos y mezclándose en sus cerebros, creando ese ambiente tan característico de feria. Una de ellas lleva un algodón de azúcar en la mano izquierda que, poco a poco, y con cortos pellizquitos, va degustando. De vez en cuando, sus amigas le roban un poco del exquisito manjar, y ella, como es menester, protesta, aunque en realidad no le molesta en absoluto.

 

Hoy está feliz. Es verano, feria, y está con sus cuatro mejores amigas. ¿Qué más puede pedir? Amor, sí. Pero no quiere obsesionarse con eso, ya llegará. No le apetece ser de esas chicas que, como se dice, viven enamoradas del amor, y por culpa de esa idealización, nunca son capaces de reconocerlo cuando llama a sus puertas. No, hoy quiere disfrutar, sin preocupaciones, sin problemas.

 

Coge otro pellizco de su algodón de azúcar. Casualmente, ve en un puesto una pulsera muy bonita. Para de andar y la observa.

 

-¡Hey, Celia! ¿Qué haces? ¡Que te nos pierdes! –gritan sus amigas, que ya han avanzado unos metros sin ella, entre el gentío.

-Esperadme un segundo, que estoy mirando una cosa –dice la chica lo más alto que puede, y poniéndose de puntillas, para que las otras la escuchen.

 

Una de las amigas hace un gesto con el pulgar de la mano derecha señalando que ha comprendido lo que les ha dicho y la esperan.

 

Mira más atentamente la pulsera. Algo en ella la ha cautivado, es de estas cosas que las ves y sabes que tienen que ser tuyas, como si fuera amor a primera vista, pero con objetos. Está a punto de sacar el monedero, pero…

 

-¿Quieres que te la compre? –Celia escucha una voz a su espalda- Es a ti, morena.

 

No cree que se refiera a ella. Más bien, no quiere. Pero, al notar un par de golpecitos en su hombro izquierdo, es inevitable girarse. A pocos centímetros de ella, casi rozándola, a una distancia bastante poco cortés, hay un chico que la mira con una gran sonrisa en la boca, y unos hoyuelos enmarcándola. Su presencia la incomoda.

 

-¿Qué? –es lo único que Celia acierta a decir.

-Que parece que la pulsera te gusta… ¿Quieres que te la compre? –repite él.

 

Celia abre los ojos desmesuradamente, sin poder dar crédito a lo que oye.

 

-¡¿Cómo?! Claro, claro. Anda, sigue a lo tuyo –se da la vuelta.

-Es una pena que no la quieras. Una pulsera tan bonita como esta luciría aun más en el brazo de una chica tan preciosa como tú.

 

La joven se sonroja, aunque él no puede verlo porque le está dando la espalda.

 

-En caso de quererla, la compraré yo, ¿no crees? –dice nerviosa.

-Simplemente me apetecía regalártela –contesta él de forma completamente natural.

-Pues yo no quiero que me la regales –Celia se da la vuelta cuando cree que el color rojo ha desaparecido de sus mejillas-. Ni tampoco que te rías de mí.

-No me…

 

El chico no puede acabar, pues otro, rubio con los ojos muy azules, se acerca a su lado y le dice en voz baja:

 

-Harry, tenemos que irnos o llegaremos tarde.

 

El tal Harry pone cara de fastidio, pero cuando mira a Celia sonríe de nuevo. Se levanta un sombrero imaginario a modo de despedida.

 

-No te podré comprar la pulsera… ahora –se da la vuelta-. Pero algo me dice que volveremos a vernos esta noche.

 

Los dos jóvenes se alejan y dejan allí a la muchacha un tanto anonadada. No entiende qué ha sido todo lo que ha pasado. En cualquier caso, tampoco importa mucho. Celia mira en dirección a la pulsera para comprarla, pero se da cuenta de que ya no está allí. “Todo esto es muy raro”, piensa, pero se resigna y va hasta donde sus amigas la esperan impacientes.

 

-¿Con quién hablabas? –pregunta Miriam, una de ellas.

-Con un creído de pelito rizado que piensa que es alguien… -suspira Celia indignada.

-Pues era bastante mono –comenta otra.

-Sí, pues será de lejos. Anda, vamos a ver qué han traído este año.

 

Las cinco amigas continúan andando, mirando más y mas puestos, y curioseando la pinta que tienen las atracciones que hay repartidas por toda la explanada. Sin duda todas se fijan en la gran noria a la que tienen que subir sí o sí, como es tradición que hagan cada temporada.

 

-¿Este año es más grande? –pregunta Paula.

-¡Qué va a estar más grande! Serás tú que has encogido –responde Claudia riendo.

-Pues yo también la veo más grande –dice Celia.

-Imaginaciones vuestras –concluye Adriana.

 

En ese momento, empieza a sonar una música bastante diferente a la que se venía escuchando en las estrechas callejuelas de puestecitos que forman la feria. Es como… como una canción juvenil, fresca, diferente.

 

-¿Estáis escuchando eso?

-Claro, ¿crees que somos sordas? –se burla Miriam.

 

Paula le da una colleja y su amiga le saca la lengua.

 

-Es que unos chicos están cantando en el escenario –Paula señala al lugar.

-¡Pero mira quién está ahí, Celia! –Claudia llama la atención de la chica.

-¿Quién? –se da cuenta de quién es- ¿Pero qué hace ese ahí arriba?

-No sé, pero tu amado de ricitos de oro canta muy bien –ríe Adriana-. Y ciertamente, es guapo.

-Imbéciles. No le conozco de nada y es un capullo –se queja Celia.

-Claro, claro.

 

Miriam sonríe por lo que se le acaba de ocurrir y dice alegremente:

 

-Pues yo voy a acercarme a escucharles cantar. Tu amado y sus… cuatro, cuatro amigos lo hacen muy bien, y están bastante buenos.

 

Celia parpadea un par de veces.

 

-Yo no pienso ir.

-Venga, será divertido. Todas iremos… ¿a que sí?

 

Las chicas asienten con la cabeza, excepto ella.

 

-Pues yo me quedo aquí.

-No seas sosa…

-No lo soy, no quiero ver a ese chico, es un chulo.

-Como quieras –dice Miriam para presionarla-. Nosotras nos vamos para allá, cuando te apetezca, vienes.

-No me va a apetecer… -Celia mira alrededor- Es igual, me quedaré aquí en la cosa esta de dispararle a los patitos.

-¡Pues gáname algo! –grita Paula, que ya ha echado a andar.

 

Sin embargo, a pesar de todos sus intentos y provocaciones, Celia no cede a ir con ellas a ver a los chicos que hay cantando. Bueno, las muchachas no se pueden perder la oportunidad de ver a unos tíos tan buenos, así que no pasa nada porque su amiga se quede sola un ratito.

 

La joven suspira. En fin. No va a ir, ese es un capullo y no quiere tener que volver a verlo. ¿Quién se cree que es? Buah.

 

Se acerca al pequeño mostrador tras el cual un hombre de mediana edad anuncia el precio de una pistolita con diez balas para disparar a una especie de patos de algún tipo de plástico que se mueven a lo largo de toda la parte posterior de la caseta. Dice algo sobre que ese día hay un premio especial: el que consiga acertar con las diez balas a diez patos, se lleva no sólo un nuevo cartucho gratis, sino un enorme oso panda de peluche, de un tamaño tan descomunal que debe ser difícil llevarlo en los brazos.

 

“Bueno, me lo puedo proponer como reto hasta que las chicas lleguen”, se dice a sí misma, acercándose al hombre y pidiéndole un cartucho.

 

Mientras el señor prepara la extraña escopeta, Celia saca el dinero que debe pagarle, con una nueva canción de fondo. Sigue siendo de un estilo juvenil y refrescante, incluso algo más animada que la anterior, y también la cantan el “ricitos-de-oro” y sus amigos.

 

“Under the lights tonight,

you turned around and you store my heart

with just one look, and I saw your face”

 

Eso le parece que ha dicho la canción, pero tampoco está muy segura; a pesar de que el escenario está a unos veinte metros, el sonido llega bastante distorsionado. Están cantando los cinco chicos, sin embargo, el que está en el centro, y a poquito más adelantado que los demás, es el que ha hablado con ella, el que parece que se llama Harry. Incluso tiene la sensación de que en ese instante la mira, pero eso no es posible. Entre tanta gente, no puede verla a ella, de eso está segura.

 

Coge la escopeta de la forma que cree más correcta, tal y como ha visto hacer tantas y tantas veces a sus amigas, a las que les encanta esa “atracción”. Apunta y espera cautelosamente a que alguno de los patitos de plástico quede a su alcance. Por cierto, ¿qué estarán haciendo sus amigas? Probablemente hayan logrado abrirse paso hasta la primera fila de toda la gente que hay viendo a los cinco chicos cantar, o quizás incluso hayan subido al escenario; no cree que lo que están haciendo sea una actuación en toda regla, probablemente serán un grupito de jóvenes aficionados a la música que han acordado algo con los que montan todo el tinglado para que les dejen exhibirse. No cantan mal, de hecho.

 

Respira hondo un par de veces, cierra un ojo para ver mejor y aprieta el gatillo.

 

“¡Mierda!”

 

Ha estado a punto de darle, pero el pato ha pasado un poco antes de que la pelotita que dispara esa escopeta llegara a su altura.

Sigue intentándolo, tratando de concentrarse más en los animalitos de colores que cruzan su campo de visión, pero hace mucho que no practica y se le nota: de diez tiros, sólo ha acertado seis.

 

El señor de detrás del mostrador la mira en una expresión un tanto extraña. Parece estar diciéndole “chica, no eres muy buena”, pero por otro lado “compra otro cartucho”. Algo contradictorio, por cierto.

 

Mira hacia el escenario y allí siguen los chicos cantando, al lado de los cuales saltan sus cuatro amigas. No, no le extraña, ya había podido imaginar que ocurriría. No sabe cómo lo hacen, pero siempre se las apañan para meterse de lleno en cualquier fregado, y cuando hay tíos buenos, más todavía.

 

Sin embargo, sigue decidida a no acercarse a ese chulito, así que le pide al señor de los patitos que le dé otro cartucho. Si tiene que esperar, no quiere aburrirse. El hombre se lo da realmente contento, como si llevara siglos sin que nadie repitiera su atracción.

 

De nuevo, Celia coge la escopeta con cuidado y trata de controlar su respiración; no debe realizar movimientos bruscos si quiere que las pelotas vayan en la dirección deseada. Intenta calcular rápidamente con cuánta antelación debe de disparar, pues que los patos se muevan no ayuda mucho a la hora de acertar. Se concentra todo lo que puede. Un animalito amarillo pasa por delante de sus ojos, luego uno verde, luego uno azul, y… ¡¡PUM!! El sonido de la bola dando contra el pato le retumba en los oídos de una forma considerablemente dulce. ¡Le ha dado! ¡A la primera! ¡Al pato rojo!

 

La joven da pequeños saltitos de la emoción; ha sido una muestra de que es capaz de hacerlo bien, y eso le da ánimos para los siguientes disparos. Quizás por la rabia de haber acertado sólo seis veces antes, ahora ve ese oso panda gigante como un premio que tiene que conseguir, para demostrarse a sí misma que es capaz. Y para ello necesita acertar los diez disparos. Bueno, el primero ha ido bien.

 

Repite varias veces lo que ha hecho un momento atrás, todas ellas con éxito, por increíble que le parezca. Si lleva la cuenta correctamente… si lleva la cuenta correctamente, ¡ya sólo le queda un disparo para conseguir el premio! Ha acertado nueve, ¡nueve! Lo que significa que, si no falla en este, gana.

 

Cuando se coloca en posición para apuntar, nota que tiene los músculos tensos, y que así no va a conseguir acertar. “Relájate, Celia, vamos”. Sacude tres o cuatro veces los hombros, pero no logra que las manos paren de temblarle.

 

De repente, y aunque no lo comprende del todo, nota unas manos en sus hombros. No mira para ver quién es, está demasiado ocupada intentando apuntar a los patos. Las manos presionan con suavidad haciéndole relajar los hombros. Luego, cogen la escopeta que Celia sostiene entre sus dedos temblorosos y recolocan un poco su posición; antes estaba un poco inclinada hacia delante, ahora forma una perfecta línea horizontal. La chica no entiende lo que está pasando, pero justo cuando se va a girar para ver quién la está ayudando a intentar conseguir lo que para ella ya se ha convertido en un reto personal, las mismas manos aprietan el dedo que tiene apoyado en el gatillo. Ante su mirada atónita, la pelota choca con el patito, y por todo el puesto empiezan a parpadear luces y a sonar una música que podría considerarse un tanto irritante, pero que a Celia le sabe a gloria.

 

El hombre que hay tras el mostrador sonríe de un modo completamente falso, porque en realidad no esperaba que nadie fuese a acertar los diez disparos y tener que darle otro cartucho gratis, además del panda. Aun así, como buen comerciante, coge el peluche y un vale por otra ronda y se lo tiende a la chica a la vez que la felicita y le informa de que puede usar el vale en cualquiera de los cinco días de feria. La joven se guarda el ticket en el bolsillo y coge el oso como puede. No puede ignorar el hecho de que alguien la ha ayudado a ganar, así que se da la vuelta en busca de aquella persona a la que darle las gracias.

 

Sin embargo, lo primero que ve ante sus ojos es la pulsera que había estado mirando antes en el puesto y que había desaparecido misteriosamente. Sosteniéndola enfrente de su rostro está aquel chico, Harry, con una sonrisa de oreja a oreja.

 

-Felicidades, te la has ganado –agita la pulsera.

-No la quiero, gracias –dice Celia, haciendo amago de alejarse de allí.

-¿Así me agradeces que te haya conseguido ese panda? –el chico la agarra de un brazo y señala al peluche.

 

Claro, había sido él. ¿Es que tenía que aparecer por todas partes? ¡Qué pesado! Sacude el brazo para librarse de la sujeción.

 

-Tú no me has conseguido el oso.

-Vamos, si no llega a ser por mí, la pelota habría acabado en la cara del feriante –Harry ríe con su ocurrencia.

-Eres un imbécil.

-Gracias –sonríe.

-Y un capullo.

-¿Has terminado de insultarme? –pregunta, divertido.

-No. También eres un creído.

-¿No te parece que canto bien?

 

Celia abre mucho los ojos y suelta una risa irónica.

 

-¿Ves? Eres un chulo.

-No lo he negado. ¿Te lo parece o no? –no deja de sonreír con expresión de autosuficiencia.

 

En realidad no, no canta mal. Pero si se lo dice, le estará proporcionando la victoria.

 

-Psché –la chica se encoje de hombros.

-Me lo tomaré como un sí.

-Como quieras.

-¿Vas a coger la pulsera o no?

-No –Celia echa a andar-. ¿Y mis amigas? Os he visto en el escenario con ellas.

 

Harry ríe, lo cual lleva haciendo todo el rato.

 

-Parece que han hecho buenas migas con los chicos… Es decir, con mis amigos.

-Genial –contesta la joven, irónica-. ¿Dónde están?

 

Ahora es él el que se encoje de hombros.

 

-En estos momentos pueden estar en cualquier parte.

-No eres un capullo, eres capullo y medio.

-¿Por qué? –se finge ofendido.

-Porque sí. Porque sabes perfectamente dónde están y no me lo quieres decir.

-Quizás…

 

La chica camina a buen ritmo, intentando que ese molesto espécimen la deje en paz, pero no lo consigue.

 

-¿No vas a dejar de molestarme? –le pregunta, enfadada.

-Lo haré cuando cojas la pulsera que tantas ganas tengo de darte –Harry sonríe con cara de bueno.

 

Celia pone los ojos en blanco.

 

-Espera, me faltaba decirte que también ¡eres un pesado!

-Unos setenta kilos, no te creas.

-Joder, mira que eres tonto.

-Me lo dicen a menudo.

-Normal.

 

La chica duda, no quiere aceptar la pulsera, pero es la única forma de que la deje en paz de una vez, y ahora mismo esa es su prioridad.

Join MovellasFind out what all the buzz is about. Join now to start sharing your creativity and passion
Loading ...