El mar (parte I)

Relato corto de entregas semanales. Narra el viaje que hacen un muchacho provinciano de Perú y parte de su familia a Lima, la ciudad capital; descubriendo en el trayecto la relación familiar que tiene con el mar y con una parte de su pasado.

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1. Primera parte

Cuando cumplió ocho años, su madre hizo un trato con él: si sacaba buenas notas ese año, le llevaría a conocer Lima en las vacaciones. "Lima", se dijo aquella tarde mientras recogía ciruelos en la huerta, "Lima , avión, casas blancas, calles de cemento, playa... como en Natacha".

 

Pensó en Lima desde entonces; mientras desayunaba, mientras caminaba a la escuela, mientras estaba en clases, mientras caminaba de regreso de la escuela, mientras almorzaba, mientras se sentaba a hacer las tareas, mientras jugaba en la huerta cuidado por mamá Anita, mientras su madre le bañaba, mientras cenaba con su padre y su hermano y mientras mamá Anita le cantaba valsecitos para que se duerma. Todo era Lima en su cabeza. Incluso los domingos, en la iglesia, había agarrado la mala costumbre de interrumpir a la maestra sólo para decir que iría a Lima en vacaciones, sin importarle mucho la cólera que le iban teniendo sus compañeritos por ser tan creído con su viaje a Lima en vacaciones.

 

Kike, su vecino, ya había ido a Lima una vez y le contaba que era enorme y bonita, con parques grandazos para jugar cerquita de la casa con los chiquitos que vivían al costado, que cuando estuviera allá se acordaría de él. Su hermano también le hablaba de Lima pero en otro tono y con otras imágenes, haciéndole ver mucho desierto, mucho polvo y nada de árboles. De modo que él optó por imaginarse a Lima como una ciudad de parques grandazos pero sin árboles, de calles de cemento polvorientas y de playas tan enormes que podrían confundirse con desiertos. "Linda", pensó, "rara, pero linda".

 

En diciembre su madre le acompañó a la clausura del año en la escuela para recoger sus notas y para verlo participar en un número de baile junto a dos de sus compañeritas. Se rió bastante al ver que su hijo hacía intentos por parecer un hombre grande bailando de formas atrevidas, seguramente como había visto que bailaban los amigos de su padre en la fiesta de su cumpleaños. Al volver a casa aquella tarde ambos se sentaron en el muro que daba hacia la huerta y su madre le dijo que no estaba a gusto con las notas que había sacado. "Tu profesor dice que te has pasado la mitad del año completamente distraído", le dijo. Él trató de desmentir dicha acusación pero se dio cuenta que era inútil pues su madre parecía ya haber tomado partido por los dichos de su adversario. "He tratado, pero no he podido", se disculpó finalmente. Su madre le abrazó sin prisa y limpió sus ojos con el borde de su falda anaranjada. "Ya no llores", le dijo con ternura, "iremos para que conozcas Lima de todos modos".

 

Dos noches antes de emprender el viaje a Lima, mamá Anita le estuvo arropando con cuidado para que pueda dormir bien y, mientras le iba cantando valsecitos, él le preguntó si había ido a Lima alguna vez. La anciana quedó en silencio por unos minutos y dio la impresión de estar mirando a alguna parte del cuarto, a pesar de su ceguera. "He ido a Lima", le contestó finalmente, "es grande"; y continuó con sus cánticos suaves y adormecedores, como tratando que el niño no siga con sus preguntas, como intentando olvidar, a sus noventa años, aquel lejano viaje que, de joven, hizo a la capital. "Si te vas a Lima, me muero", le dijo, al parecer, antes de darle el beso de buenas noches.

 

[...Continuará]

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